Por encima de hipótesis, de vanidades y de ganar kilos

El juez Gómez Bermúdez ha hablado en la revista Vanity Fair (¿dónde si no?) del
juicio del 11-M. Preguntado por si había recibido ofertas políticas, ha respondido con una frase que retrata bastante al personaje: "Pecaría de vanidad si dijera que sí, pero mentiría si dijera que no". O sea, que sí que las recibió. Peca por tanto Bermúdez de vanidad en Vanity Fair al dejar caer ese dato, pero lo hace de una forma aparentemente desdeñosa, como quien está por encima de esas pequeñeces humanas. Como quien acoge con una sonrisa de autosuficiencia al sicario que trata de comprarle por un plato de lentejas por encargo del visir. Vanidad de vanidades.
Dice asimismo el juez Bermúdez, en esa entrevista, que las sentencias sobre los atentados de Madrid dejan bastante claro qué sucedió. No puedo estar más de acuerdo con él.
Lo que ocurrió, exactamente, es que desde el minuto 1 (o 10, o 15) se puso en marcha un proceso de destrucción y sustitución de pruebas que permitiera que cuatro años después sigamos sin saber nada de nada acerca del atentado en sí. Y a ese proceso de escamoteo de la verdad han contribuido instancias judiciales que han consentido que acabemos el primero de los juicios del 11-M sin saber ni siquiera cómo estaban hechas las bombas con las que se reventaron cuatro trenes. Aunque Bermúdez no se refiere a eso, claro está.
Lo que él viene a decirnos es que está muy orgulloso de haber parido esa sentencia que pone
una losa más sobre la tumba de la verdad. Mal está que un juez se envanezca de impartir justicia, pero que lo haga de contribuir a que no se imparta resulta ciertamente peculiar. ¿Será que todo es vanidad?
Pero lo más bonito de lo que Bermúdez declara en esa entrevista son sus opiniones sobre el juez Del Olmo, de quien dice que lamenta no haber salido públicamente en su defensa, y sobre el juez Garzón, de quien afirma que no cree que se hayan reconocido nunca sus méritos. Vamos, que Gómez Bermúdez no puede tener mejor opinión de sus compañeros Juan y Baltasar. ¿Ustedes creen que hay algo más reprochable que el fariseísmo? Yo sí: el vanityfairiseismo.
En su famosa primera novela, centrada en un proceso judicial contra un hombre acusado de darse a la fuga tras un atropello, Tom Wolfe retrata de manera magistral una sociedad en la que la Justicia y la Verdad importan menos que nada. Una sociedad en la que sólo el dinero, el poder y la vanidad son los motores que hacen moverse al mundo. La novela se titula "La hoguera de las vanidades".
El título de la novela de Wolfe está tomado del nombre que los seguidores de Savonarola dieron a la hoguera en la que se quemaron, en la Florencia de 1497, todo tipo de objetos, desde libros a instrumentos musicales, que podían incitar al pecado. Pero, según el propio Tom Wolfe, el libro en sí está inspirado en una novela de 1848, en la que William Makepeace Thackeray retrataba la sociedad inglesa del siglo XIX. El título y el subtítulo de esa novela de Thackeray no pueden ser más alegóricos: "Vanity Fair. A novel without a hero". Una novela sin héroes.
No se me ocurre una forma mejor de expresarlo, sinceramente: han conseguido convertir España en una novela sin héroes, donde sólo queda ya la vanidad.
http://blogs.libertaddigital.com/enigmas-del-11-m/la-vanidad-del-juzgador-3701/