Andaba yo otra vez en misa en mi parroquia madrileña acompañando a una amiga muy querida que perdió a su padre hace ahora un año más o menos.
Perdido, como de costumbre. No tengo arreglo.
Ya me he hecho a esperar el pellizco de la homilía y lo repetitivo como que no me entra ni con embudo.
Llegó la hora de la comunión, yo como de costumbre, haciéndome el distraído, pocos compromisos y poco dar el cante andando por el pasillo.
En esto que en unos bancos más adelante donde tenía puesta la mirada para disimular, me encuentro que hay una chiquilla con carilla de tener Down o algo parecido sentada en su silla al lado de su madre.
La gente la rozaba cuando pasaba a la comunión por aquel pasillo estrecho.
En su ida, una mujer de unos 60 años se entretuvo unos segundos con ella.
Le acarició la cara y le sonrió de una forma que ni a mí ni a la chiquilla no se nos pasó desapercibida.
La chiquilla le sonrió también y la mujer siguió hasta el sacerdote.
A mí se me cayeron dos lágrimas y se me puso un nudo en la garganta.
Algo debo no estar haciendo bien.
