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Foro de Torralba de Calatrava
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DE ROA A TORRALBA DE CALATRAVA (1 viendo) (1) Invitado(s)
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TEMA: DE ROA A TORRALBA DE CALATRAVA
#4442
Afilaor (Usuario)
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Género: Hombre
DE ROA A TORRALBA DE CALATRAVA Escrito hace: 7 Mess, 1 Semana Karma: -3  
¡Hola foreros! Que tal va todo por aqui? Ya veo que la pagina sigue, esperemos que por mucho tiempo. Veo foreros de hace mucho tiempo, también algunos nuevos, por supuesto polemica y buenos temas.
Hace ya tiempo me dedique a recopilar de otros sitios que ha habido de Torralba y que han desaparecido las mejores historias, poemas y demas informacion sobre Torralba. Pondre por aqui poco a poco lo que tengo, asi espero que no se pierda.
La de ahora es la que mas me gusto, la escribio un tal Harum al Raschid. Os la pongo entera.

Hace poco estuve visitando el norte de África. En la biblioteca de la casa donde me hospedaba, en Cabo Negro (cerca de Tetuán) encontré un diario muy interesante de un gallego que había terminado afincado allí. Pero lo más curioso del mismo fue una historia que relataba sobre nuestro pueblo. ¡Lo pequeño que es el mundo! A continuación pasó a relatarla. Para no aburrir en exceso la iré trascribiendo por capítulos. La he titulado del siguiente modo:

DE ROA A TORRALBA DE CALATRAVA: HISTORIA DE UN SOLDADO EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

CAPÍTULO 1: HALLAZGO DEL LIBRO DE MEMORIAS


Encontraba me, a la sazón, en la villa de Roa, como veedor oficial del Estado, con adscripción al ministerio de Hacienda. Estaba en los archivos parroquiales revisando los documentos de propiedad de la iglesia y por ver si una finca de gran extensión, sita a las afueras de la localidad, fuera propia de incluir en los planes del Real Decreto de Desamortización de 19 de marzo de 1839. Era tarde y me alumbraba con una lámpara de petróleo. Estaba a punto de finalizar mi trabajo y regresar a mi posada cuando mi curiosidad me llevó a una rancia estantería de destartalada madera. Hojeé manuscritos, cédulas y documentos varios, hasta que cogí un enorme sobre, amarillento por el paso de los años. Dentro había unas cuartillas que empecé a leer con sumo detenimiento. Su caligrafía era primorosa, yo diría que de monja escribana. Estaban en perfectas condiciones. Como, además de funcionario público, soy historiador aficionado, decidí requisar provisionalmente el manuscrito y me lo llevé a mi hospedería para leerlo a gusto y sin prisas. Después de una frugal colación a _base_ de un caldo de ternera y unos pimientos asados del país aliñados con aceite de oliva, sal y comino, me retiré a mi alcoba, después de pedir al posadero una buena provisión de velas. Allí di comienzo a la lectura de este apasionante relato, que principiaba de la siguiente manera:


Estando mi regimiento de cuartel En Daimiel, La Mancha, en el día tercero del mes de julio del año de Nuestro Señor de mil y ochocientos nueve, gobernada España por la Junta Central en espera del deseado advenimiento de nuestro señor don Fernando el Sétimo, en pleno uso de mis facultades mentales expongo:

Que vine al mundo el día cuarto del mes de mayo del año de Nuestro Señor de mil y setecientos noventa en el pueblo de Roa, ribereño del Duero. Alboreaba la mañana cuando doña Mencía, partera del pueblo, me entregó a mi madre después de un parto de seis horas. Parecía que yo no quería venir al mundo, estando muy a gusto en las entrañas maternas. La pobre de mi madre quedó en cama más de tres semanas, alimentándose de calditos de pichón y sopones de pan con aceite y limón. No era sino presagio del trabajo que le venía por mi alumbramiento, del que siempre se quejó.

Y llegó el día en que, sana ya mi madre, organizose bautizo jubiloso para el primogénito de la casa. Mis padres, don Ramiro Sánchez y doña Esperanza Torrubia, me cristianaron con el nombre de Alvar. No faltó vecino influyente que no acudiera al fiestorro que organizó mi padre: el señor cura, el regidor del ayuntamiento, el ilustre notario, el cirujano, el brigada de los migueletes, el dueño del almacén de grano y hasta el señor marqués hicieron acto de presencia en tal evento. Cuatro botas de vino (de una arroba cada una), una cochina gorda, cuatro corderillos lechales, un par de gallinas bien cebadas y en pepitoria, más de una docena de torcaces y abundancia de quesos, cecinas de la tierra bien curadas y panes recién horneados. Hay gente en el pueblo que todavía recuerda mi bautizo comparándolo con las bodas de Camacho que glosó Cervantes en su genial novela. Decirse puede que tiró la casa por la ventana pues, aunque no le faltaban los reales, tampoco los manejaba a espuertas.

Crecí, pues, en el seno de una familia burguesa muy tradicional. Mi padre era tonelero de los más reputados en su oficio, teniendo su propia fábrica con más de diez toneleros y aprendices a su salario. Pese a sus intentos, nunca me fue grata tal ocupación, aunque no he desdeñado los generosos caldos que viste mi padre con madera de roble. ¡Qué le voy a hacer, si nací en tierra de vinos! No éramos ricos, pero no nos faltaba de nada.
CAPÍTULO 2: PASO POR EL SEMINARIO

Desde muy pequeño me distinguí como el más recio, fuerte y valiente de mis camaradas, gustando de juegos de guerras y peleas en las riberas del río. Raro era el día en que mi padre no adornaba los cardenales de mis juegos con algún que otro purpurado, en castigo por mis travesuras. Mi madre (¡santa paciencia!) no ganaba para remendar calzones y limpiar manchas de sangre y barro. Creo que la culpa de mi querencia la tuvo el nombre que me pusieron: pues solo hubo un guerrero más fiero que Alvar de Minaya: su tío don Rodrigo Díaz de Vivar. Así que mis pasos iban hacia los cuarteles, pero el bueno de don Ramiro se encargó de enderezarlos.

- ¿Adónde vas, tú, criatura, con esas ínfulas guerreras, siendo hijo de un tonelero y nieto de un humilde carpintero de astillero? ¿No sabes que para ser oficial hay que pertenecer a la nobleza o ser de familia muy pudiente que pagar pueda por ello? Y yo tengo más bocas que alimentar. Como mañana voy a Aranda por mis negocios, tengo pensado acercarme al seminario y pedir plaza donde puedan asesar esa cabeza loca que tienes.

Chillé; pataleé; no dejé de llorar y gritar, pero no hubo manera de cambiar los planes de mi padre. Creo que para mi madre fue un alivio perderme de vista, pues ya estaba empezando a corromper a mis hermanillos con mis golferías; así que preparó mi hatillo, me abrazó y me dijo que fuera un hombre, que ya era hora a mis siete años.

- Quiero que cuando vuelvas por la Natividad de Nuestro Señor, hayas aprendido buenos modales.

Pues allí estaba yo, en la habitación más horrible que imaginar pudiera el más enrevesado de los verdugos: una camareta compartida con quince rufianes más, con ocho literas, un crucifijo oxidado en la pared, una mesilla en medio llena de cera derretida, que aprovechábamos para incrustar las velas que iluminaban las desconchadas paredes (sin encalar al menos en los últimos veinte años). Un único ventanuco enrejado, en lo alto del muro, nos permitía saber si era de día o de noche. No habían puesto los curas cristal o madera que permitiera cerrar el “boquete”. Decían de él que bendición era, pues servía a la limpieza, aseo y buen olor del cuarto. Lo que no hablaban era del viento helado que nos azotaba en las largas noches de invierno. Había también un enorme y desvencijado armario de madera, donde estaban dispuestas nuestras taquillas: la mía escuálida de pertrechos. El lujoso mobiliario se completaba con una tina de madera en un rincón, para las incontinencias nocturnas.

Alboreábamos mojados: quién no por sus propios humores, por las goteras que nos torturaban los días de lluvia. Para rematar la faena los curas nos hacían lavar a conciencia en el pilón con el agua tan helada que, los más de los días de invierno, teníamos que romper primero la capa de hielo con una piedra. Luego capilla: que el día empezarse debe alabando a Nuestro Creador por sus mercedes. Después de sufrir los inexplicables latinajos del padre Crescencio y los asquerosos roces del vicerrector, nos conducíamos en procesión al refectorio donde teníamos que volver a dar gracias por las generosas viandas que nos eran concedidas: un pedazo de pan de centeno que bastar podría para habilitar el pilón por las mañanas, un cacho de tocino rancio y agua. Luego venían las liciones que se empeñaban los curas en explicarnos a fuerza de varazos, de tal guisa que no echaba yo de menos los cardenales de mis correrías por el campo. El caso es que lo mejor del seminario menor fueron los zagales que conmigo penaban. Pese a que muchos me superaban en la edad, no tardé en hacerme su caudillo. De tal modo y manera que organizábamos razzias nocturnas contra las despensas del rector. Jamás fuimos sorprendidos, pese a sus sospechas, pues no cogíamos demasiado de una vez a otra, y no todos los curas vivían opíparamente, con lo que los sospechosos éramos legión.
CAPÍTULO 3: SALAMANCA Y SU UNIVERSIDAD


El devenir de los años fue forjando mi carácter. Volvía a mi casa por verano, Pascua Florida y Navidad. Sin darme cuenta fui creciendo, tanto en altura como en saber. No todas las liciones las eché en saco roto y mis progresos en geometría, matemáticas, trigonometría, filosofía y literatura eran espectaculares. Algo más lento iba con el latín, las humanidades, el catecismo y la teología, pero no dejaba de ser uno de los mejores alumnos. Mi natural belicoso fue dulcificándose, aficionándome a las lecturas de la bien surtida biblioteca. Llegó el día en que tendría que ingresar en el seminario mayor, pero doy gracias a Dios porque el buen entender de mi padre prestase sus oídos a mis súplicas y decidiese que ya estaba bien de curas.

- Mire usted, padre: Yo se que mi madre querría que yo vistiera de por vida la sotana y consagrase mi vida a Dios, pero no va con mi naturaleza encerrarme en los hábitos y dar la espalda al mundo. Como quiera que usted siempre ha querido tenerme en su negocio, me avengo a trabajar con usted si no queda remedio.

Fue por ello que pasé a aprender el honroso oficio de tonelero, tal y como quería don Ramiro. No por ello perdí mi afición por el estudio. Siempre que podía me escapaba y me iba a la casa de don Fulgencio, mi párroco, que seguía con mi instrucción. Era un hombre adelantado a su tiempo, con ideas tolerantes y muy claras. Compartía una de mis aficiones: los buenos caldos, con los que nos homenajeábamos con más frecuencia de la que mi madre hubiera deseado. A fuer de rogar y llevarme más de un mamporro y algún castigo, mis padres comprendieron que lo mío no eran los toneles. Como su holgada posición económica se lo permitía y don Fulgencio había movido sus influencias ante su sobrino, obispo de Ciudad Rodrigo, encaminé mis pasos a la pontificia universidad helmántica. Animoso y valiente, como aquellos exploradores que fueron a conquistar las américas, así crucé yo el Tormes.

Ya coronaba la Marisela lo alto del ayuntamiento cuando llegué a la ciudad charra. Cercano estaba el fin del verano y muy próxima la feria de San Mateo. Me instalé en una posaducha que estaba cerca de la catedral vieja. Arrimóse a mi un estudiante que compartía posada conmigo. Se llamaba Ramón Rufino. Era de Salamanca, pero prefería vivir en la posada antes que en la casa de sus padres. Su aspecto físico era muy parecido al mío: Seis pies de altura coronados por una cabellera rojiza que servía de tejado a un busto romano presidido por una cesárea nariz. Los ojos claros, como los míos. Algo más fuerte y recio. No había moza que no cayese rendida en sus brazos, pues amén de buen mozo, el granuja era zalamero, listo y discreto. Parecióme, pues, encontrar mi alma gemela. Tan ansí que diéronnos en llamarnos los mariquelos, nombre que se daba al que trepaba a lo alto de la torre de la catedral vieja para tocar la campana y tocar desde allí la dulzaina y el tambor – pues parece que la escalera interior quedó destruida después del terremoto de Lisboa. Y es la familia de Ramón (los Rufinos) la que se encarga, año tras año el día de Todos Los Santos, de hacer que se cumpla la tradición.

Púseme, pues, en manos de Ramón que me sirvió de cicerone para conocer todos los antros y burdeles de la ciudad. Llegadas que fueron las celebraciones de San Mateo, gasté mis pocos ahorrillos en caldos, mujeres y juegos de azar, no perdiéndome corrida ni encierro, juerga o pelea en toda Salamanca. Quebrantado por mis méritos, con el bolsillo lleno de telarañas y reñido con mi amigo Ramón, por lances de mujeres, tuve que dejar la posada y fiar de la providencia divina.

La vida en Salamanca era en extremo placentera para los estudiantes que pudieran costearse los lujos de la buena mesa y la buena cama. No faltaban tabernas, garitos ni lupanares. Los que no disponían de posibles, arrimaban el ascua a la sombra de algún señoritingo al que alababan sus bromas, apostura y saber hacer con las mujeres y servían por ver si algún real recalaba en su exigua faltriquera. Después de dos días a la sopa boba de los conventos helmánticos, tuve la suerte de encontrar un primo y me pegué cual sanguijuela gorda. Era un tal Florencio Arechavaleta Fernández de Ayala, hijo de un acaudalado ferrón del Norte, de las Vascongadas. Creo recordar que de la comarca de las Encartaciones. Era bobo en extremo y muy pagado de sí mismo, con lo que me fue fácil convencelle de que mi servicio era muy beneficioso para él. Aceptóme bajo su protección y lo sangré a conciencia, que no hubo taberna, garito, burdel o fiesta que no me conociera. Fue la época más feliz de mi vida.

Pero no crean que todo fue holganza y jolgorio, que también saque buenas notas en lo que convenía a mi futuro. Así que tiempos hubo también para los estudios. Dirigí mis pasos hacia las ingenierías, pues eran ciencias que servían a mejorar la vida de los pueblos y ciudades, sin olvidar la filosofía –que tan buena es para favorecer el buen discurrir del seso y el pensamiento filantrópico y tolerante - .

Firmé la paz con Ramón, aunque no volví a fiarme de él. Con quién trabé una fuerte amistad fue con un madrileño hijo de militar: Pedro de Vigodet. Su influencia fue beneficiosa, pues me puso en el camino del estudio, sin dejar por ello de disfrutar de las juergas como el que más. De temperamento caballeresco y audaz, Pedro se hacía respetar tanto por los profesores como por los compañeros.
CAPÍTULO 4: ESPAÑA EN ARMAS. ESCARAMUZAS EN LA VILLA Y CORTE


Fueron pasando los años entre libros y estudios, conferencias y seminarios, jarras y tabernas, hornazos con las hetairas en las praderas del Tormes los Lunes de Aguas, corridas de toros y aventuras varias propias de la mocedad. Pronto ya a firmar con mi propio Víctor en los pétreos muros de mi facultad, las circunstancias de la vida se torcieron de forma nefasta. En vez de sangre de toro, comenzó a derramarse sangre española sobre la piel de toro. Vientos del norte llegaban de allende Roncesvalles. Los franceses cruzaron los Pirineos, favorecidos por el infame Godoy. Ocuparon, poco a poco, el suelo patrio. ¡Valientes aliados! ¡Aves de rapiña! Carroñeros expectantes para saltar al cuello de su víctima.

Estaba yo, a la sazón, invitado por mi amigo Pedro en la capital. Allí fui testigo de los horrores y desmanes que cometieron los esbirros de Murat contra la población civil. Enterados que fuimos de que un grupo de oficiales se habían hecho fuertes en el parque de artillería de Monteleón y, apoyados por un puñado de soldados y paisanos estaban destrozando a los dragones y lanceros polacos que intentaban sofocar su rebelión, nos pusimos inmediatamente en camino sin reparar en que las calles de Madrid eran ya un escenario de guerra. Dejamos la casa al cuidado del mayordomo de Pedro (que no tenía hermanos) y llegamos cerca de la calle Mayor.

Al doblar una esquina, vimos una barricada confeccionada a toda prisa con adoquines del suelo, carretas y algún saco terrero. Nos detuvimos alarmados hasta que, a nuestra izquierda (en dirección opuesta a la barricada) oímos gritos en francés. Nos apartamos a tiempo de que una carga de dragones no diera con nuestros huesos en el suelo. De la barricada salió una andanada que barrió las filas gabachas, dejando hombres y bestias tendidos en el suelo. Un grito de júbilo acogió la efímera victoria. Aprovechamos el repliegue de los franceses para pasarnos con nuestros paisanos. Un sargento de ingenieros nos preguntó si sabíamos disparar. Pedro era un verdadero experto. El que no se daba mucha maña era yo, pero me vi con una carabina corta de caballería en las manos. Tras media hora de espera, nos llegaron los ecos del ruido de muchos cascos contra el pavimento. Llegaron los franceses a lo alto de la cuesta que distaba unos cien metros de donde nos encontrábamos. Pero esta vez venían dispuestos a acallar de una vez nuestra resistencia.

- Es un Howitzer Gribeauval, dijo Pedro. Esta vez van en serio.- Se refería al cañón de caballería que habían traído consigo los de allende los pirineos, aunque esta vez la mayoría eran mamelucos egipcios. Yo me pregunté si la carga anterior habría sido en serio. Una vez aprestada la pieza y, a punto de disparar, el sargento que nos mandaba ordenó retirada. Algunos pudimos; otros menos prestos sucumbieron ante la carga de metralla del cañón.

Fue una día de locura; con muertos y heridos por todas partes. Toda la Villa y Corte era un campo de batalla. Pedro y yo decidimos que no convenía seguir luchando. Había que huir y alistarse en el ejército: era inútil enfrentarse con un enemigo muy superior. Por la tarde se fueron dispersando los ruidos de disparos y cañonazos; pero mediada la misma empezaron a oírse descargas de fusilería: por la Puerta del Sol, en el Buen Suceso, en San Ginés, en la montaña del Príncipe Pío. Los fusilamientos se prolongaron durante toda la madrugada del dos al tres. Murat vengaba la muerte de sus hombres matando indiscriminadamente a paisanos inocentes. La guerra había empezado. Pasamos la noche en vela, esperando la amanecida. Dejamos la casa cerrada y al mayordomo libre de ir con su familia. El frescor de la mañana nos despertaba rápido, aunque no tanto como para hurtarnos de una patrulla de fusileros que nos arrestó a empujones y puñetazos. Después de hurgar el equipaje se calmaron al ver que no portábamos arma alguna. Tanto Pedro como yo hablábamos razonablemente el francés, con lo que les dijimos que éramos estudiantes y gente de paz y que emprendíamos el camino de regreso a la Universidad de Salamanca. El cabo de los gabachos nos escupió y, tras coger los otros seis soldados nuestros hatillos, nos empujó en dirección a sus cuarteles.
CAPÍTULO 5: UN VIAJE AL SUR


Estábamos muy corridos por nuestra suerte e ideando cómo escapar de aquellos rufianes, por lo que no vimos venir lo que pasó. Nada más atravesar uno de los soportales de la calle Mayor, fuimos emboscados por unos valientes paisanos que acabaron con los franceses a golpe de mazo y a cuchilladas. Fuimos liberados y huimos a toda prisa por las angostas calles del Madrid de los Austrias. Con el corazón encogido aún, y temerosos de nuevos encuentros, tuvimos la fortuna de que la Puerta de Atocha se encontraba sin vigilancia. Salimos de Madrid apresuradamente en dirección a Aranjuez. El viaje fue penoso, pues no dejábamos de pensar en los horrores que habíamos vivido. Aún no sabíamos lo que nos deparaba el destino. Nuestro equipaje era ligero, aunque teníamos algunos reales por si fuera menester. Tras andar una jornada llegamos a las afueras de la real villa. Nos ocultamos en los frondosos bosques que rodean el Tajo, donde pudimos ver la incesante actividad de nuestros enemigos: los convoyes, patrullas y columnas que partían y llegaban a la localidad. Rodeamos la villa y, a la altura de Ontígola, nos topamos con un escuadrón de cazadores. Al ver los verdes uniformes nos tranquilizamos: eran españoles. El teniente que los mandaba dijo que se dirigía al sur, donde se estaban empezando a reorganizar algunas unidades del ejército. Decidimos hacer lo mismo y nos encaminamos a la Mancha. El camino era fácil, aunque el sol nos atormentaba con sus inclementes rayos. No encontrábamos una triste sombra en la que cobijarnos. Por otro lado, íbamos con el miedo de tropezar con los franceses, con lo que esquivábamos pueblos y carreteras principales, haciendo más penosa la caminata.

Tras cuatro fatigosos días de marcha llegamos a Despeñaperros. En Venta de Cárdenas hicimos amistad con unos arrieros que llevaban una cuerda de mulas desde Almagro hasta Mairena del Alcor, cerca de Sevilla. Se ofrecieron a conducirnos a la capital del sur. Accedimos gustosos, con lo que el camino se nos hizo más llevadero, tanto por las monturas que nos prestaron como por la compañía. Los arrieros se conocían todas las sendas y caminos más inverosímiles, con lo que evitaban a las partidas de franceses. Viajábamos de noche, por lo que tardamos casi un mes en llegar a Sevilla. Nos despedimos de los arrieros en Mairena y seguimos viaje a la vecina Alcalá de Guadaira, donde se estaban concentrando algunos regimientos. Nos encontramos con un soldado de ingenieros, hecho que me satisfizo pues me pareció que allí es donde deberían llevarme mis habilidades. Nos dijo que en la plaza había acantonado un batallón del cuerpo al mando del teniente coronel D. Antonio Benavides. Al hacer ver a Pedro mis intenciones, se negó en redondo, aduciendo que a él lo que le gustaba era la caballería. Yo apenas si sabía montar, pues mi padre utilizaba el caballo solo para engancharlo en el carro, pero decidí seguir al lado de mi amigo Pedro. En Alcalá no había caballería, pero nos indicaron que en Carmona estaba acantonada la primera división del Ejército del Centro y que allí encontraríamos caballería.

Volvimos, pues, sobre nuestros pasos e hicimos noche en Mairena compartiendo posada con los arrieros. No bien hubo amanecido nos pusimos en marcha y, tras atravesar el vecino pueblo del Viso, llegamos a Carmona a la hora del rancho. Nos refrescamos en un tabernucho de las afueras, donde dimos cuenta de una sopa de ajo y libra y media de buen queso, regado con un suave Valdepeñas bautizado más de lo debido. Allí nos dijeron que tendríamos que ir al cuartel general de Reding para alistarnos. Lo que son los avatares del destino: pasamos a engrosar las filas del Regimiento de provinciales de Burgos (mi tierra). Uno de los capitanes era amigo del padre de Pedro, con lo que se nos abrieron de par en par las puertas del regimiento. Nos enclavamos en el escuadrón de caballería del mismo. Los siguientes días fueron una tortura para mí, pues terminé con el cuerpo lleno de mataduras. Apenas si podía sentarme, pero acabé haciéndome con el caballo. Lo que llevaba a bien eran las prácticas de tiro, en las que Pedro destacaba por encima de todos; pero en lo que me revelé como un destacado espadachín fue con el sable: de algo me sirvieron mis mocedades guerreras en el Duero.
CAPÍTULO 6: SOLDADO AL FÍN


Tras dos semanas de intensa instrucción, a Pedro le dieron el despacho de subteniente, mientras que yo tuve que conformarme con servir como soldado raso. No hubo tiempo para más, pues fuimos movilizados con urgencia. Pedro y yo partimos con una columna escoltando una batería de artillería, en dirección a Jaén, donde nos reuniríamos con el resto de la división, que venía desde Granada. A la altura de Castro del Río se nos juntó una compañía de zapadores y un destacamento de estado mayor con el que viajaba el segundo de nuestra división: el brigadier don Francisco Venegas. En vez de seguir viaje a Jaén, nos dirigimos al norte: A Porcuna, donde estaba prevista la concentración de fuerzas. Nos enteramos que el general Castaños marchaba desde Córdoba lentamente y que, probablemente, llegaríamos nosotros primero a Porcuna. El siete de julio llegamos a nuestro destino, donde nos esperaban dos mil hombres al mando del coronel D. Juan de la Cruz Mourgeon. Se trataba de una unidad volante de gran movilidad, al llevar poca impedimenta. Una patrulla de exploradores acababa de llegar, informando que el grueso del ejército enemigo se encontraba en Villanueva de la Reina, antes del Guadalquivir. Al día siguiente llegó el resto de nuestra división. Tras un breve reposo de unas horas, Reding ordenó marchar hacia el este. El día nueve llegamos cerca de Menjíbar y acampamos. Las órdenes de mi general eran claras: silencio absoluto, evitar todo contacto con el enemigo y marchar rápido para poder descansar antes de la previsible batalla. El diez ya estábamos preparados para el combate. Seguíamos con la consigna del silencio. Reding en persona supervisó todos los preparativos para enmascarar y camuflar nuestras posiciones. Nadie diría que allí había una división de diez mil hombres, con cerca de mil caballos y una docena de piezas de artillería.

Alboreaba el día 13 cuando oímos un estruendo procedente del oeste. Según me comentó Pedro, que algo sabía del arte de la guerra, eran cañones españoles del 12 iniciando las hostilidades. Por el sonido calculó que estarían cerca de Andujar. Los dos días anteriores nos habían avistado cazadores franceses de la división de Vedel. Si bien no pudieron hacerse a la idea de que tenían delante de sus narices una entera división, pues tan solo vieron algún grupo desperdigado de soldados a caballo. Todo les hacía entender que éramos fuerzas rezagadas buscando reunirnos con nuestros estados mayores. Enterados de que Vedel marchaba hacia Andujar para apoyar a Dupont, atacamos Menjíbar (donde habían quedado dos batallones franceses). El día de mi bautismo de fuego fue el 16 de julio, al amanecer. Nuestro capitán nos ordenó desenvainar los sables y, tras arengarnos, nos cupo el honor de ser los primeros en cargar contra los gabachos. No tuve miedo; ni tampoco vacilé a la hora de utilizar mi arma: había visto demasiada sangre en Madrid para titubear ahora. Los arrollamos, aunque la mayoría pudo huir hacia el norte. Cruzamos el río en la barca que daba servicio al pueblo y, una vez reagrupados, seguimos en dirección norte para perseguirlos. Llegaron refuerzos pero ahí intervino mi amigo Pedro. Tuvo la fortuna de acertar con su carabina al general que mandaba los coraceros: el sanguinario Gubert. Este golpe de suerte desconcertó a los franceses, que fueron masacrados por nuestra vanguardia. Sin embargo, mi general ordenó el repliegue, cosa que desconcertó nuevamente al enemigo, y volvimos al Guadalquivir, a Menjíbar. Yo no entendía muy bien de estrategia, pero me parecía que nuestro general helvético sabía muy bien lo que se hacía jugando al ratón y al gato.

CAPÍTULO 7: BATALLA DE BAILÉN

El 16 por la tarde llegó un despacho con nuevas órdenes. Parecía que el enemigo se replegaba hacia el norte, temeroso de que lo cogiéramos por la espalda. Había enviado una de sus divisiones hacia los pasos de Sierra Morena, para despejar el camino. Al día siguiente se nos unió la segunda división, procedente de Arjona, que nos confirmó el repliegue francés. Marchamos, pues, a Bailén para cortarles el paso. Al llegar nos enteramos de que una segunda división, la de Vedel, acababa de abandonar el pueblo en seguimiento de la anterior, en dirección al norte, hacia la Carolina y Guarromán. Mejor: un enemigo menos. Mientras mis compañeros de división tomaban posiciones al norte del pueblo, mi regimiento inició una marcha hacia Andujar, para hostigar a los franceses, junto con otro regimiento de la segunda división. Eran casi las tres de la madrugada del 19 cuando nos encontramos con Dupont. Nuestro jefe, el brigadier Venegas, ordenó que sostuviéramos nuestra posición y que retrocediéramos ordenadamente. Estábamos retrasando a los franceses en su avance, mientras Reding consolidaba sus posiciones y disponía ventajosamente la artillería. El general Castaños atacaba desde la Higueruela, cerca de Andujar. No íbamos a caballo. Todos interveníamos como un regimiento de infantería. Cuando menos me lo esperaba, noté un repentino calor en la rodilla izquierda, que me hizo caer doblado al suelo: una bala me la había atravesado. Me parapeté contra un olivo y me hice un torniquete con una manga de la casaca. Apenas podía andar. Haciendo un esfuerzo sobrehumano me encaramé a lo alto del olivo y me ahorquillé entre sus nudosas ramas. Era un árbol ya viejo, enmarañado de ramas y de vegetación, por lo que pensé que quizás podría escapar de la muerte ocultándome en él: no hay que olvidar que apenas pasaban unos minutos de las tres de la madrugada. Tras unos momentos que se me hicieron interminables, las primeras unidades imperiales empezaron a pasar bajo mi improvisada atalaya. Lo último que vi fue un granadero que se ajustaba el barboquejo de su alto chacó, ya que la pérdida de sangre fue tal que me desmayé.

Desperté en un hospital de campaña, donde me enteré que la batalla fue gloriosa para nuestras fuerzas y la debacle del enemigo total. Nuestra artillería era de más calibre y había destrozado hasta catorce cañones franceses, anulando la capacidad artillera de nuestros enemigos. El médico me dijo que me había encontrado una columna de cazadores que batían el terreno buscando enemigos huidos. Seguía aliado con la fortuna, ya que la herida era limpia: tenía entrada y salida y no me había interesado hueso alguno. Lo primero que hice fue preguntar por mi amigo Pedro de Vigodet. Me extrañaba sobremanera que aún no me hubiera visitado. Una tarde vino a verme el teniente de mi compañía: D. Juan Morán, que me informó de la muerte, tanto de mi capitán como de mi amigo Pedro. Falleció lanceado por un lancero polaco, mientras intentaba recargar su carabina. En aquel momento dejó de dolerme la rodilla y empezó a hacerlo el alma: siempre eran los mejores los primeros que se iban. No era justo.
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Toneque Somo Solcon Jes
 
 
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#4444
Arriero (Usuario)
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Re: DE ROA A TORRALBA DE CALATRAVA Escrito hace: 7 Mess, 1 Semana Karma: 0  
Te echaba de menos.
Me alegro de tu vuelta. Gracias por tu iniciativa.
 
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#4458
sefirot77 (Administrador)
Yo no entiendo de venganzas ni perdones, el olvido será mi única venganza, mi único perdón.
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Género: Hombre Localidad: En un lugar de la Mancha. Fecha de nacimiento: 1977-05-23
Re: DE ROA A TORRALBA DE CALATRAVA Escrito hace: 7 Mess, 1 Semana Karma: 6  
Hola afilaor.
Se te echaba de menos, sí. Me alegro que estes de nuevo por aquí.
La página aquí sigue y seguirá por mucho tiempo.
Un saludo.
 
 
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#4487
Afilaor (Usuario)
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Re: DE ROA A TORRALBA DE CALATRAVA Escrito hace: 7 Mess, 1 Semana Karma: -3  
Gracias a vosotros dos. Hago esto más que nada para que textos muy buenos que ese han escrito sobre Torralba no se pierdan, los que hemos seguido un poco los foros que han existido sabemos lo poco que han durado y lo mucho que se ha perdido. Este sitio me parece el mejor para ir dejando pequeñas perlas que he ido recopilando por ahi, me consta el empeño de sefirot porque esto sea algo durarero. Espero no molestar a nadie haciendolo, mas que nada porque lo hago para que no se pierdan textos que me parece que merecen la pena.
 
 
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#4490
El calatraveño (Supervisor)
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Re: DE ROA A TORRALBA DE CALATRAVA Escrito hace: 7 Mess, 1 Semana Karma: 3  
Hola a todos.Menos mal que hoy tengo un rato para visitar la pagina,la tenia un poco abandonada por cuestiones laborales.Que grata sorpresa al ver de nuevo al Afilaor,ademas con un buen articulo que es bastante interesante.Un saludo.
 
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#4503
sefirot77 (Administrador)
Yo no entiendo de venganzas ni perdones, el olvido será mi única venganza, mi único perdón.
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Género: Hombre Localidad: En un lugar de la Mancha. Fecha de nacimiento: 1977-05-23
Re: DE ROA A TORRALBA DE CALATRAVA Escrito hace: 7 Mess, 1 Semana Karma: 6  
¡Hola Calatraveño! ¿Que tal todo? Nada, tranquilo, que lo primero es lo primero. El caso es que de vez en cuando te pases y nos des unas lecciones culinarias y de trucos domésticos .
 
 
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#4508
Afilaor (Usuario)
Forero Experto
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Género: Hombre
Re: DE ROA A TORRALBA DE CALATRAVA Escrito hace: 7 Mess, 1 Semana Karma: -3  
Que tal Calatraveño. Veo que estas como yo, hasta el cuello con el trabajo, pero eso es bueno, que la salud y el trabajo no falten. Salu2, y gracias a todos los que os acordais de mi.
 
 
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